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EL DILEMA MORAL DE GARZÓN |
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Escrito por http://pingpongred.blogspot.com
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Martes, 21 de Febrero de 2012 19:15 |
Garzón intuía que, a la sombra, los inculpados por la trama Gürtel
andaban en sospechosos menesteres con sus letrados. Los protagonistas
del affaire parecen incómodos en el agujero. Sueñan con lugares más
cómodos, cuando menos más exóticos donde disfrutar de la fortuna
destilada de la marea azul in crescendo. Desde luego, todo se pretende
bien fundado para parapetarse tras buena defensa y pertrecharse de
argumentos del todo vale
¿Qué desvelaba el sueño de Garzón? ¿Los muertos olvidados en las
cunetas de la sangrienta mascarada golpista? ¿La cara dura de algunos
de aquellos personajillos tan bien trajeados? Todos y cada uno de los
procesos a la vez. A Garzón no se le veía despistado. Supuestamente,
claro; no vaya yo a dar con mi espalda en “respaldo” de banquillo.
No es que nuestra comunidad bien pensante tenga un dilema moral con
Garzón, aparte de los más concienzudos, porque por lo general cada cual
a lo suyo.
El dilema moral brota en Garzón. Hacer o no hacer, a sabiendas de que
de lo que se hace se es. Garzón parece haber sido educado en una férrea
disciplina que se crece en el deber de hacer prevalecer el bien sobre
el mal, lo justo sobre lo injusto aun cuando se tenga que pasar por
arraigados convencionalismos, tratados, normas o leyes. Hay que hacer
lo que hay que hacer, muy de moda hoy.
Pero hay que avisar. Está lejos de Garzón el maquiavelismo de “el fin
justifica los medios” que con tanto empeño avivó la inigualable –en
estos quehaceres- presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza
Aguirre, reprobando la acción del magistrado, de modo que tal actitud
fuera merecedora de escarmiento a lo Crimen y castigo. Esperanza no
pierde la suya por ver el remordimiento hecho carne en Baltasar como si
éste mereciera por su atrevimiento el destino de aquel atormentado
personaje de la magistral obra de Dostoiesvski.
Todo tiene un límite y Garzón representa para Aguirre el intruso
cabecilla con ínfulas al que obligadamente conviene administrar tal
padecer como para dejar paralizados a otros noveles incautos. Aunque se
dice liberal, Dña. Esperanza es muy de castigar la vanidad de vanidades.
A Dña. Esperanza siempre se le espera y siempre está tan oportuna como
certera con algún dicharacho, siempre tan aplaudida y celebrada por la
derecha mediática sucesoria, vamos la de toda la vida, la de siempre,
siempre siempre.
No se olvide que Dña. Esperanza está en tête de la course y es la
favorita de los organizadores del coup de Jarnac lanzado contra Garzón.
Y todo esto a tumba abierta, sin dopaje.
Es impensable en Garzón, según sus más allegados, un maquiavelismo por
lo excelso y soberbio de su carácter, por su justeza y porque aplica su
moral a la práctica sin concesiones. No cabe en Garzón la más mínima
duda de que aquello que hace es lo justo y lo admirable en grado
superlativo. No sabe fondear en aguas turbias.
¡Pero algo tendrá Garzón cuando no lo bendicen!? ¡Ah, bien! Miren, en
Garzón hay más de probabilismo que de maquiavelismo.
Apuesto que Garzón ha leído a Tomás de Aquino. Como juez bien sabe que
el desconocimiento de la ley no exime del castigo por su trasgresión en
contra del pensamiento de Aquino. Garzón, a pesar de su conocimiento
excelente de la ley, por las circunstancias especiales de los casos de
los que entiende se convence de que su justa causa es eximente del
estricto acatamiento de preceptos para él cuestionables. Para Garzón la
ley dudosa no obliga (lex dubia non obligat) y se lía la toga y si
faltara, se arremanga y embiste. Ese es el matiz. Garzón sublima
contradictoriamente el pensamiento de Aquino y el dogma de los nuevos
tiempos. Es que Garzón es muy jesuítico.
Sumando y restando haberes Garzón es el ángel caído, el árbol para la
leña. Garzón es el caballero de la adarga antigua que no pudo librar
defensa de los más feroces golpes por esperados que fuesen; y de la
lanza ya quebrada que no amenaza a nadie, y rota y olvidada quedará en
el astillero de las posibilidades que pudieron ser y nunca fueron más
que inutilidades. Es el Hércules vencido, el héroe a menos.
Es difícil -decía Thornton Wilder- dejar de convertirse en la persona
que los demás creen que uno es.
El descalabro es de cuidado. Muchos se sienten desamparados por la
suerte del juez e inermes. Piensan todos que el peor castigo para
Garzón será el olvido.
Garzón optó. Él mismo está convencido de que hay hombres que no pueden
ser juzgados por otros hombres, sino que responderán ante la Historia y
ésta los absolverá desde la majestuosidad del fallo infalible. Éste es
Garzón.
La lección está aprehendida, por si acaso. La permanencia de las
esencias patrias garantizada, por eso está todo bien atado. Ésta es
España.
La ruptura con el pasado tuvo su oportunidad hace ahora más de treinta
y cinco años. Ya es tarde. ¿Qué se hará para que de la tardanza, en
cambio, renazca la dicha buena?
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